¿Es posible vivir sin síntomas?

¿Es posible vivir sin síntomas? ¿Cómo interactúan salud y enfermedad? ¿Qué relación se da entre el síntoma y la patología?

En esta sociedad pareciese que todo corre el riesgo de ser señalado como una enfermedad, de manera que nadie se salva de haber tenido algún “trastorno” o “síndrome” en algún momento de su vida (ansiedad, insomnio, el horroroso síndrome de estrés postvacacional…). Parece haber una tendencia a que todas las conductas sean susceptibles de considerarse patológicas, así, uno descubre por ejemplo que no es que se coma las uñas sino que tiene “onicofagia”, e igual que cuando se mira el prospecto con los efectos secundarios de la medicación que se toma, se entra en alarma y en una especie de hipocondría ¡pues no sabía yo que lo que me pasaba era esto, y es que voy a tener un TOC!…

No es raro escuchar a los pacientes cuando vienen a consulta decir que lo que les ocurre “no es normal”. El problema en principio está puesto en que no se adaptan a una supuesta norma, no tanto que sufran por ello. La pregunta puesta en juego sería: pero, ¿qué es lo normal? ¿Acaso existe (y en el caso de que se haya inventado, no lo comparto) un baremo que indique cómo uno tiene que ser y padecer?

La línea entre salud y enfermedad (psíquicas) no está marcada tanto por un aspecto cualitativo sino cuantitativo, es decir, no se trata tanto del qué sino del cuánto.

En realidad, no hay salud psíquica sin cierto padecer, sin cierto estado de tensión (si no, lo que hay es muerte psíquica) pero la enfermedad se da cuando el sufrimiento es excesivo, cuando desborda la capacidad y limita a la persona. Así, todos en mayor o menor medida padecemos afectaciones similares: manías, miedos o fobias, dificultades de concentración, ansiedad, afectaciones del sueño, de la sexualidad… y el paso a enfermar está en cuánto, en qué grado esto nos impide disfrutar y desenvolvernos en la vida en relación a nuestro deseo.

Hoy en día estas afectaciones están concebidas como patologías que tienen un carácter autónomo, y así son muchas veces tratadas según un modelo médico. Es decir, hay terapias para “eliminar fobias”, o que ayudan a “pensar en positivo” cuando uno se siente abrumadoramente triste, existen terapias para dormir mejor cuando se padece insomnio prolongado, hay guías prácticas para aumentar la concentración cuando uno se encuentra bloqueado… es decir estos modelos tratan de incidir directamente sobre la afectación per sé. Desde el psicoanálisis se entienden estas afectaciones como síntomas, digamos como indicadores de alguna otra cosa más allá que nos sucede y de la que el síntoma es reflejo. Así ocurre, que si acudo a un profesional que me ayuda a eliminar mi fobia a los perros, en el momento me sentiré aliviado pero seguramente más adelante la fobia se desplazará a otra parte, ya que el conflicto originario que la provocaba persiste. La orientación del psicoanálisis es tratar el conflicto raíz que causa el síntoma, ya que el síntoma, la afectación por la que uno llega aquejado a terapia, caerá al no tener el sostén que lo produzca.

El síntoma como trato de mostrar, es de todas formas inherente a la condición humana, viene a resultar de cierto desorden respecto de lo ‘natural’. Es más, hay síntomas que nos son preciados en lugar de molestos, o incluso que nos identifican (ciertas ‘manías’, por ejemplo como el ser excesivamente pulcro u ordenado, como necesitar de ciertos rituales ante acontecimientos importantes, no soportar ciertos alimentos o preferir determinadas maneras de hacer las cosas…). Somos seres sintomáticos porque estamos atravesados por el lenguaje (y por tanto no obedecemos ya al instinto biológico), y qué bien ya que también es por esto que tenemos la capacidad de crear, de tener humor y de reír, de soñar, de inventar…

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